jueves, 26 de enero de 2017

5 POEMAS DE LILIANE WOUTERS



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(5 de febrero de 1930, Ixelles, Bélgica - 28 de febrero de 2016, Gilly, Bélgica)


Para vivir, hay que plantar un árbol,
tener un hijo, construir una casa.

Yo solamente he mirado el agua
que corre diciéndonos que todo fluye.

Yo solamente he buscado el fuego
que arde diciéndonos que todo se extingue.

Yo solamente he seguido el viento
que huye diciéndonos que todo se pierde.

Yo no he sembrado nada en la tierra
que aguarda diciéndonos: yo los espero.



Testamento


Al niño que no tuve
y sin embargo recibí de un hombre
setenta veces siete y muchas más, al niño sabio
a cuyo aliento y rostro yo di forma
siete y setenta veces, en un vientre igual
al mío, en noches rojas de sol,
en días cristalinos de aurora boreal,
al niño cuyas iniciales secretas llevo
en mí, igual que tu nombre, Yahvé,
niño concebido, inacabado siempre,
que me hacen, que yo hago, cada vez que amo,
que se deshace en mí para darme un poema,
al niño que no vendrá
para cerrar mis ojos, escoger la última sábana,
caminar tras de mi peso, los huesos, las cenizas,
mirarme descender hacia la fosa,
a ese niño al que dejo ante Dios, ante
ante los hombres y ante mi perro, ante el día viviente
(que no es sino porque yo soy y morirá
como yo muero) lego, por cuanto se podrá,
por cuanto así es la usanza ahí de donde vengo, en mi lugar
dejo a su padre y madre como uno solo,
lego todos mis bienes de la carne, del espíritu,
del tiempo contado siempre y del espacio ilusorio:

la esquina del cielo que en vano escudriñé,
el cordel de tierra en que gastaba mi suelas,
los cuatro muros entre los que me tuve,
los seis tabiques que le serán por gemelos;

el dinero que se me escapó entre los dedos
–por el placer de tenerlo para derramarlo–,
el falso saber que me endilgaron
–por la alegría de también desaprender–;

los días pasados que no viví,
y los días vividos por los que pasé de cerca,
el tiempo mortal al que sobreviví,
la hora eterna y por tanto borrada,

el amor abandonado del que ignoraba el precio,
el amor dado a quien no supo darlo,
el amor ofrecido que también yo recibí,
el amor perdido que vemos esperar afuera.

al hijo que nunca tuve,
y que en mi carne yo formé
de mi semilla, y cuya existencia se perfeccionó con cada abrazo,
a ese niño le dejo, en las buenas pero sobre todo
en las malas, lo que me prestó el día:

el yo que me dio crédito
ante los índices que sobrepasaban mis miedos
sin que pudiera escoger ni el rostro,
ni el sexo (hay que tomar lo que nos llega):

un cerebro hueco en para una cabeza repleta,
un cuerpo demasiado blando recubriendo huesos demasiado poderosos
una sangre tan viva para tan corto aliento
un corazón demasiado dulce para una sangre tan furiosa,
pies que no levantaron más que polvo,
brazos que con sorpresa estrecharon el viento,
rodillas atrapadas en oraciones
manos que se mantienen vacías como debieron;

unos ojos cerrados al lado de las cosas,
-esa mitad que es defecto de todos-,
unos ojos abiertos sobre papeles cerrados
y sobre el negro que se mira hasta que nos hace falta.

Al hijo que no tuve
le dejo, en fin, para que lo tenga
bien en cuenta, para que recuerde
contumazmente, ya que será deshilvanado
el borde de mi paso en una tela antigua:

las quince cosas que jamás pude hacer:
inclinar la frente ante alguien más grande que yo,
andar sobre lo más pequeño, mostrar el dedo,
gritar con una turba o bien, quedarme callada,
reconocer el Negro entre los Blancos,
escoger diez justos, nombrar a un culpable,
encontrar esa actitud conveniente,
leer a alguien más que a mí misma en los espejos,
conjugar el amor con muchas personas,
resistir la tentación, lastimar voluntariamente,
seguir indecisa,  decir Cambronne[1]
en vez de “merde”, porque es mucho más francés.



Al final del amor está el amor.
Al final del deseo está la nada.
El amor no tiene comienzo ni fin.
Él no nace, resucita.
Él no encuentra, reconoce.
Él se despierta como después de un sueño
donde la memoria ha perdido las llaves.
Se despierta con los ojos claros
y se dispone a vivir su jornada.
Pero el deseo insomne muere con el alba
después de haber luchado toda la noche.

Algunas veces el amor y el deseo duermen abrazados.
En esas noches se ven la luna y el sol.



Morir habiendo vivido.



Es allí donde espero,
el instante de,
el momento en que.

Allí se trata de respirar
profundo.

Hay que saber...

 Hay que saber
perderlo todo, incluso a sí mismo,
y aún el recuerdo de sí, hay que
quitarse del lugar, salir del tiempo,
arrancarse los andrajos,
mudar las seis membranas, aceptar
que la séptima se pudra con el grano,
que el agua del río todo lo recubra,
que el sol seque esa agua,
que el viento del desierto desdibuje
su huella sobre la arena.


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